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sukalde Toda una revolución para el mediocre circuito de restauración local ha sido la aparición de Sukalde, el pequeño restaurante de comida de autor que realiza algunas apuestas destacables. Pero veamos los detalles para saber si vale la pena hacerse expectativas. Como recepción nos traen un simple y eficaz aperitivo, tomate cherry envuelto en una capa de sandía y aderezado con aceite de albahaca. El pisco sour de frutilla-jengibre que nos recomiendan resulta ser nada del otro mundo, ni se nota el jengibre. Como entrada pedimos camarones con guacamole a la menta, vinagreta de sandía y aire de limón. Lo mejor del plato era la salsa de sandía, y lo único que daba la impresión de estar comiendo algo diferente que una simple palta con camarones -hasta me reí imaginando que era una reconstrucción de palta reina-. El aire de limón cumplía una función más que nada decorativa, con poco aporte de aroma y sabor. El atún me pareció lo mejor de lo escogido, presentado como dos triángulos parados, sellados a la perfección, acompañados por diminutas quenelles de puré de cáscara de limón y naranja, cuya suavidad es producto de lo que llaman cocina molecular, así también como un poco de salsa de pimiento. Para el final, dejamos un postre que parece toda una obra pop art, el descorazonado de lúcuma y betarraga. Se trata de un suave mousse de lúcuma sobre bizcocho de zanahoria (la porción es algo exigua) que se mezcla con la salsa de betarraga, un sabor extraño en un postre pero que calza bien (aunque tampoco es fenomenal). El chef Matías Palomo tiene un excelente currículo para sus 28 años, trabajó en el Bulli y con Arzak, y además de tener nociones de la concina de Adriá, sabe que la fórmula del restaurante pequeño y cool es lo que se lleva en Europa. Ahora, ¿el conservador público chileno será capaz de asimilar la albahaca o la betarraga en un sukalde
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